Justicia y verdad: a 12 años de la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa

El pasado 26 de septiembre se cumplieron doce años de la desaparición forzada de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa. El acto que, en un inicio, causó molestia nacional, movilizaciones de distintos sectores de la población y repudio ante un hecho cruel e inhumano, hoy se ha convertido en un movimiento cada vez más silencioso, con menos gente en las calles. Los estudiantes gritan, pero la voz de la población apenas decide escucharlos: los mira con el recuerdo vago de la molestia que causó en aquel momento y después los deja pasar en su marcha.

Los agentes políticos que utilizaron la incertidumbre de las madres de familia como instrumento para hacer crítica al PRI ahora se lavan las manos y deciden mirar hacia otro lado. Se habla de una nueva verdad histórica que, en palabras de los estudiantes de las normales, no dista mucho de la vieja verdad histórica. Se prometió esclarecer el delito y ofrecer respuestas y, sin embargo, solo se ha entregado silencio por parte de las autoridades. Poco a poco, las personas parecen acostumbrarse a vivir con un hecho histórico doloroso. La impunidad por parte del Estado mexicano no solo es reprobable, sino que también deja la sensación de que, durante años, la violencia en México ha sido utilizada con fines políticos y electorales.

La impunidad que permanece ante la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa es una deuda con los padres y madres de familia; es una deuda con la comunidad estudiantil de la Escuela Normal de Ayotzinapa; es una deuda con la comunidad de Iguala, Guerrero, con todo Tixtla, con la memoria de Lucio Cabañas y el Partido de los Pobres, con las mujeres y hombres desaparecidos durante la guerra sucia y con la memoria histórica de los estudiantes asesinados el 2 de octubre de 1968. La desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa no puede entenderse como un hecho aislado de violencia contra la disidencia educativa; también forma parte de una historia más amplia de represión y de lucha vinculada con los ideales de la izquierda revolucionaria en México.

¿Cuánto tiempo pasará para que los padres y madres encuentren respuestas? ¿Cuánto tiempo pasará para que puedan comenzar su proceso de duelo y dejar de vivir con la incertidumbre de no saber qué ocurrió con sus hijos? Los miembros del gobierno se cruzan de brazos, se miran entre ellos y se culpan unos a otros por la falta de avances en las investigaciones. Los estudiantes siguen marchando, pero cada vez son menos las personas que acompañan su lucha. Mientras tanto, los padres permanecen a la espera, aguardando el momento en que las preguntas que durante doce años han hecho finalmente tengan respuesta.

Debemos recordar el coraje que causó en aquel momento la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa. Debemos recordar la verdad histórica con la que se intentó explicar lo ocurrido y las controversias que surgieron alrededor de la participación del Ejército y del Estado mexicano. Debemos recordar porque, cuando una sociedad olvida, también corre el riesgo de acostumbrarse. Debemos volver a las calles y exigir verdad, justicia y respuestas por los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa.

Porque si nos quedamos cruzados de brazos, escuchando desde el otro lado de la calle los nombres de todos ellos, entonces no hicimos nada y los olvidamos. Y si los olvidamos, hemos perdido una parte de la batalla. Si olvidamos la historia, estamos expuestos a que esta se repita nuevamente, como ha sucedido a lo largo del tiempo.

Si el gobierno es el que mata y el que levanta el cuerpo, entonces, ¿qué verdad puede entregarles a los padres y las madres? ¿Cuándo les darán aquello que están obligados a darles?

Hasta que no se sepa qué pasó, los 43 permanecen presentes en la memoria de sus familias. Las preguntas los lastiman y su ausencia les quita el aire; su búsqueda los lastima y la incertidumbre los consume lentamente. Todos los días esperan que sus hijos regresen, que lleguen y toquen la puerta. Y mientras el gobierno no esclarezca qué les pasó y dónde están, ellos mantienen la esperanza de volver a encontrarlos.

Eran estudiantes, hombres, hermanos, primos, tíos, nietos. Eran parte de una comunidad estudiantil y de muchas familias que hoy no dejan de llorar.

Quiero cerrar este texto con una frase de Eduardo Galeano:

“Desaparecidos: los muertos sin tumba y las tumbas sin nombre.”

Por las familias de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa.

Justicia y Verdad.

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