Cuba no está sola

En tiempos donde el mapa global vuelve a tensarse por conflictos abiertos, bloqueos económicos y disputas energéticas, la situación de Cuba no puede leerse como un hecho aislado. La crisis que atraviesa la isla, marcada por escasez de combustible, apagones y dificultades en sectores clave como la salud, es también el reflejo de una estrategia geopolítica más amplia que hoy impacta simultáneamente a países como Irán y Venezuela.

En 2026, Cuba enfrenta un endurecimiento del cerco económico, particularmente en el acceso a petróleo, vital para su funcionamiento cotidiano. La presión internacional ha llegado al punto de obstaculizar el envío de combustible, generando una crisis energética severa en la isla. Este escenario no es casual ni espontáneo: forma parte de una lógica histórica de coerción económica que ha buscado, durante décadas, condicionar el rumbo político cubano mediante el desgaste social.

Lo relevante hoy es que esta lógica no se limita al Caribe. En Oriente Próximo, el conflicto con Irán ha escalado a niveles que afectan directamente la infraestructura energética mundial, elevando tensiones y alterando mercados internacionales . En ambos casos, se repite un patrón: el uso del control energético, las sanciones y la presión militar como herramientas de negociación y dominación. No es coincidencia, sino método.

Cuba, Irán y Venezuela, cada uno con sus particularidades, han sido piezas de un mismo tablero geopolítico donde la disputa por recursos, soberanía y modelos políticos se entrelaza con intereses estratégicos globales. La relación histórica entre Cuba y Venezuela, basada en el intercambio energético y cooperación social, ha sido clave para la supervivencia de la isla . Sin embargo, los cambios recientes en Venezuela han debilitado esa red de apoyo, profundizando la vulnerabilidad cubana en un contexto internacional cada vez más hostil.

Desde una perspectiva latinoamericana, resulta imprescindible reconocer que lo que ocurre en Cuba no solo afecta a su pueblo, sino que representa un precedente peligroso para toda la región. La normalización de bloqueos, sanciones y asfixia económica como herramientas políticas sienta las bases para un orden internacional donde la soberanía de los pueblos queda subordinada a intereses externos.

México, con su tradición histórica de no intervención y solidaridad internacional, no puede permanecer indiferente. La defensa de Cuba implica rechazar que el destino de una nación sea condicionado mediante el sufrimiento de su población. Hoy más que nunca, la solidaridad con Cuba es también una postura frente al mundo que se está configurando. Un mundo donde las guerras energéticas, como la que involucra a Irán, y las presiones económicas sobre América Latina, revelan una disputa más amplia por el control global.

Frente a ello, la respuesta no puede ser el silencio. Desde México y desde América Latina, la solidaridad con Cuba debe ser clara: ningún pueblo debe ser sometido por hambre, bloqueo o coerción externa. Porque defender a Cuba, en este momento histórico, es también defender la posibilidad de un orden internacional más justo, más humano y verdaderamente soberano.

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