La Copa Mundial de Fútbol 2026 ha vuelto a colocar a México en el centro de la atención internacional. Por tercera ocasión en la historia, nuestro país es sede de este gran evento futbolístico, un acontecimiento que despierta entusiasmo popular, orgullo nacional y expectativas económicas. Sin embargo, reducir el Mundial a una celebración deportiva sería ignorar su profunda dimensión política. Como ocurre con los grandes eventos globales, el fútbol también es un escenario donde se expresan disputas de poder, intereses económicos y relaciones geopolíticas.
La cancha nunca está aislada de la realidad. Detrás de los goles, las ceremonias y las transmisiones televisivas se encuentran gobiernos, corporaciones, organismos internacionales y estrategias de influencia que convierten al deporte en una herramienta de proyección política. El Mundial organizado conjuntamente por México, Estados Unidos y Canadá es una muestra de ello.
Para México, la realización de este torneo ocurre en un momento histórico particular. El país atraviesa una etapa de transformación política iniciada en 2018 y profundizada por el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. En contraste con décadas anteriores, cuando los grandes eventos internacionales eran concebidos principalmente como escaparates para las élites económicas y financieras, hoy existe la posibilidad de discutir cómo este acontecimiento puede contribuir al desarrollo nacional, al fortalecimiento de la infraestructura pública y a la proyección de una imagen soberana del país ante el mundo.
No obstante, el Mundial también pone sobre la mesa las contradicciones de la relación con Estados Unidos. Aunque ambos países comparten la organización del torneo, la convivencia ocurre en medio de tensiones permanentes relacionadas con el comercio, la migración, la seguridad y el papel que cada nación ocupa dentro de América del Norte. Mientras millones de aficionados cruzan fronteras para celebrar el fútbol, miles de migrantes continúan enfrentando muros, políticas restrictivas y discursos de exclusión.
La paradoja es evidente. El mismo espacio geográfico que promueve la libre circulación de mercancías, capitales y espectáculos deportivos mantiene obstáculos para la movilidad humana de quienes buscan mejores condiciones de vida. El Mundial exhibe así una realidad incómoda: la integración regional avanza con rapidez para los negocios, pero no necesariamente para los pueblos.
A ello se suma el papel de la FIFA, una organización que desde hace décadas se ha consolidado como uno de los actores más poderosos del deporte mundial. Aunque suele presentarse como una institución neutral dedicada a promover el fútbol, sus decisiones tienen profundas implicaciones políticas y económicas. La selección de sedes, las inversiones exigidas a los gobiernos y los beneficios concentrados en patrocinadores internacionales muestran que el Mundial también es parte de una compleja industria global.
Los países anfitriones suelen asumir enormes costos en infraestructura, seguridad y logística, mientras una parte considerable de las ganancias termina en manos de corporaciones transnacionales vinculadas al espectáculo deportivo. Por ello, la pregunta fundamental no es únicamente cuántos turistas llegarán o cuántos partidos se jugarán, sino quiénes se beneficiarán realmente de esta derrama económica y qué legado quedará para la población una vez concluido el torneo.
Desde una perspectiva progresista, el reto consiste en aprovechar el Mundial sin renunciar a una visión soberana del desarrollo. México no debe asumir el papel de simple anfitrión subordinado a intereses externos, sino utilizar esta plataforma para mostrar al mundo una nación con identidad propia, capacidad de decisión y un proyecto político orientado al bienestar social.
La Cuarta Transformación ha colocado la soberanía como uno de los ejes centrales de la vida pública nacional. Esa discusión también debe alcanzar al deporte. El Mundial puede ser una oportunidad para reivindicar la cultura popular mexicana, fortalecer la infraestructura de uso comunitario y proyectar una imagen distinta del país, alejada de los estereotipos y más cercana a la realidad de un pueblo que busca construir un futuro con mayor justicia social.
Porque el fútbol moviliza emociones colectivas, pero también refleja las relaciones de poder de cada época. En 2026, la cancha será mucho más que un terreno de juego: será un espacio donde se expresen las tensiones entre globalización, soberanía, integración económica y dignidad nacional. México tiene la oportunidad de disputar ese partido no sólo con talento deportivo, sino con una visión propia de su lugar en el mundo.