Decía Marx que «la violencia es la partera de la historia». Una mirada para entender la historia de la humanidad es observarla como una lucha entre Estados, imperios y civilizaciones. El conflicto no es una anomalía, sino una condición estructural: los Estados existen, en buena medida, porque compiten por recursos, territorio y por el ejercicio de la soberanía y el poder.
La situación internacional actual, marcada por conflictos en diversas partes del mundo, rivalidades entre grandes potencias y una creciente fragmentación del orden internacional, ha llevado a que diversos analistas hablen de una «tercera guerra mundial a pedazos».
Sobre la guerra en general y las dos guerras mundiales
«La guerra es la continuación de la política por otros medios», decía Carl von Clausewitz. Dado que las relaciones de poder entre los diferentes actores siempre están presentes, la guerra no es un accidente excepcional, sino una posibilidad persistente derivada de la propia existencia de los Estados, que buscan ampliar o defender sus intereses, territorios y posiciones de poder.
Las dos guerras mundiales del siglo XX compartieron características que las distinguen claramente de otros conflictos. En primer lugar, involucraron de manera directa a las principales potencias militares de su época, organizadas en grandes alianzas. Además, movilizaron enormes recursos económicos y humanos en varios continentes y océanos, afectando directa o indirectamente a gran parte del planeta.
La Primera Guerra Mundial (1914-1918) provocó el colapso de grandes imperios como el alemán, el austrohúngaro, el ruso y el otomano, alterando profundamente el mapa político de Europa y Medio Oriente. La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) alcanzó una escala todavía mayor, incorporando un fuerte componente ideológico, nuevas tecnologías militares, una movilización industrial sin precedentes y, al final del conflicto, el uso de armas nucleares por parte de Estados Unidos contra las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.
Actualmente, aunque no existe una confrontación militar abierta y directa entre todas las grandes potencias, sí existe una acumulación de conflictos regionales y tensiones en ámbitos diversos, como el económico, financiero, energético, tecnológico y espacial.
Los tres grandes focos actuales de tensión mundial
El escenario internacional actual puede resumirse en tres grandes ejes de conflicto.
El primero corresponde a la confrontación entre Rusia y los países de la OTAN, cuyo principal escenario es Ucrania. La invasión rusa de Ucrania, iniciada en febrero de 2022, intensificó una rivalidad que ya se manifestaba desde años anteriores. Aunque las tropas de la OTAN no participan directamente en los combates, el apoyo financiero, tecnológico y militar otorgado a Ucrania ha convertido el conflicto en un enfrentamiento indirecto entre Rusia y los países de la alianza atlántica.
El segundo eje es la rivalidad entre Estados Unidos y China, que se perfila como una de las principales disputas geopolíticas del siglo XXI. La competencia por el liderazgo en telecomunicaciones, semiconductores, inteligencia artificial, energía, minerales críticos y cadenas comerciales refleja una lucha de largo plazo entre una potencia establecida y una potencia emergente.
El tercer foco corresponde al complejo escenario de Medio Oriente. Lejos de existir dos bloques claramente definidos, la región vive una permanente reconfiguración de alianzas y rivalidades entre los Estados más poderosos de la zona, como Israel, Irán, Arabia Saudita y Turquía; diversas organizaciones armadas, como Hamás, Hezbolá, los hutíes y el Estado Islámico; así como las potencias globales, cuyos intereses no siempre coinciden. Los conflictos en Gaza, Líbano, Siria, Yemen e Irak muestran que las tensiones regionales persisten y que el desequilibrio continuará siendo un espacio de desgaste, a costa de miles de vidas humanas.
México ante un mundo en tensión
A pesar del deterioro del entorno internacional, todavía no vivimos una guerra mundial generalizada. Las grandes potencias mantienen importantes mecanismos de contención, conscientes de que un enfrentamiento directo entre Estados con capacidad nuclear tendría consecuencias catastróficas para toda la humanidad.
En este contexto, México ha mantenido tradicionalmente una política exterior basada en principios como la solución pacífica de controversias, la no intervención, la autodeterminación de los pueblos y la cooperación internacional. Sin embargo, la neutralidad diplomática no debe confundirse con pasividad. México tiene la oportunidad de fortalecer su soberanía y diversificar sus relaciones internacionales para reducir su dependencia excesiva de una sola potencia.