La urgencia de implementar una buena educación sexual

En días pasados se corrió la triste noticia de una pareja muy joven, que decidió abandonar a su bebé recién nacido. Afortunadamente, el bebé fue rescatado y debidamente atendido. El hecho ha sido denunciado, y los padres del bebé ya enfrentan un proceso legal, que promete ser largo —como suelen ser los procesos legales en nuestro país—. Por ser un caso tan difundido, despierta opiniones de todos los tipos, de todas las tonalidades y en todos los medios, pero aquí el propósito, más que enfocarnos en la desafortunada noticia, queremos analizar las posibles causas de lo que llevó a estos jóvenes a tomar —deliberadamente— una de las peores decisiones posibles.

En nuestro país, por la cultura conservadora que aún predomina, tenemos muchas trabas para hablar de sexualidad, particularmente con los más jóvenes.

Se sigue omitiendo el hecho de tener que dar directrices puntuales, abiertas y claras sobre estos temas, incluso de cómo se denominan las partes del cuerpo que están encargadas de la reproducción; hay mil y una formas de llamarlas con tal de no decirlas por sus nombres, y el hecho de tocar estos temas públicamente implica, además de la incomodidad y el sonrojamiento de los participantes, la condena de un sector que se niega a ver la realidad social con respecto a la práctica de la sexualidad y las implicaciones de la desinformación y los tabúes, sobre todo entre los jóvenes.

Es una realidad, como lo estamos presenciando, que las cosas suceden, y lo mejor que podemos hacer como sociedad, como padres, como maestros, en fin, como adultos, es ser conscientes y hablar franca y abiertamente de estos temas con quienes están alrededor nuestro. He sido profesora por casi veinte años a nivel medio superior y superior, y a menudo, cuando les he llegado a preguntar a muchachos y muchachas de 15 años en adelante si saben cómo funciona el ciclo de fertilidad de una mujer, no saben qué responder.

He de precisar que yo misma me he enterado de esto hasta que estaba en la universidad. Lo que confirma la idea de que no estamos acostumbrados a dar una buena orientación a nuestras juventudes, muchas veces haciendo caso omiso de las señales que vemos, o bajo la idea de que hay muchas maneras en que ellos pueden procurarse la información o “que se encargue la escuela”.

La cuestión es que no hay confianza ni una buena comunicación entre padres e hijos o jóvenes y adultos que ayuden a tomar buenas decisiones en torno al tema. Pero porque las cosas efectivamente suceden, no podemos quedarnos con las ideas conservadoras cuando surgen las conversaciones sobre los anticonceptivos y salir con la respuesta clásica de “mejor hay que enseñarles valores para que lleguen vírgenes al matrimonio” o también “es como darles permiso”, y ver, tristemente, que no puedan manejar una situación que se presente, como la de estos muchachos, quienes quizás, si hubieran sabido decidir a buen tiempo qué tipo de anticonceptivos utilizar o qué hacer ante un embarazo no deseado, no hubieran cometido tan craso error, que no sólo trunca sus vidas de una manera irreversible, sino que además ha marcado la vida de una persona que no merecía ser recibida en las condiciones en que ha llegado.

No sabemos cuántas vidas más lleguen en condiciones similares, en donde por no saber cómo cuidarse para no embarazarse, los jóvenes, obligados por la situación, por los tabúes, por la visión moralina de sus alrededores o por sus propios padres, optan por tener a los bebés, y no tienen la madurez ni la conciencia de lo que implica estar a cargo de un hijo, quienes, por desgracia, terminan siendo los que a lo largo de su vida pagan los platos rotos sin tener ninguna culpa de nada, o peor aún, terminan repitiendo las mismas fallas de la generación anterior sólo porque no nos atrevemos a hablar francamente de estos asuntos.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio