Cuando la ciencia y la tecnología se someten a las leyes del mercado no solamente llevan a la pérdida de su sentido, sino que tiene consecuencias prácticas tanto para la humanidad como para el medio ambiente.
La explotación del campo parte de la idea de que el ser humano es un ser supremo que puede disponer de los seres vivos y el entorno según sus intereses y necesidades, es decir, está basada en el especismo.
Esta historia inicia con la llamada “Revolución Verde” que tuvo lugar a mediados del siglo pasado, luego de la Segunda Guerra Mundial. Esta revolución se basa en la idea de elevar la productividad del campo, con una producción a gran escala posibilitada por los avances tecnológicos, bajo una premisa de modernización y mejoramiento de los métodos agrícolas.
El “progreso” en el campo consistió básicamente en transformar la agricultura tradicional adoptando insumos y técnicas de origen industrial.
Esta transformación conlleva, además de la modificación de la naturaleza, la modificación de los patrones sociales y culturales de las personas dedicadas al cultivo de los alimentos, esto es, constituye la destrucción del campesinado cuya forma de vida milenaria es sustituida por “empresarios agrícolas” que van de producir alimentos a producir dinero.
Además, este modelo agrícola ha producido un nuevo periodo de acaparamiento de las tierras y de explotación laboral de los “sin tierra”.
Por otro lado, la “Revolución Verde” se justificaba a sí misma con la intención de acabar con el hambre en el mundo, sin embargo, el hambre en el mundo no se acabó pues no es un problema de producción sino de distribución de los alimentos. Aunado a ello, se sabe que los grandes corporativos productores de insumos para la producción agrícola compran a los políticos para que, aunque ya se hayan demostrado sus consecuencias nefastas, continúe una política pública que la favorezca y la replique.