El recinto legislativo, concebido como santuario del debate y la construcción de acuerdos, este miércoles 27 de agosto de 2025, se convirtió en un escenario donde las pasiones primarias superaron la templanza del diálogo. Resulta paradójico, que antes de que las expresiones de violencia afloren en el Congreso de la Unión, los legisladores entonen a viva voz el Himno Nacional Mexicano. Un himno cuya solemnidad cívica, arraigada en la historia y la identidad, convoca a la unidad, al respeto y a la construcción colectiva, no a la confrontación estéril. Este contraste lacerante nos invita a una reflexión profunda sobre la naturaleza humana y la cultura política que permea en el contexto de la transformación.
Para comprender esta alarmante regresión, es pertinente recurrir a la teoría del cerebro triúnico propuesta por el neurocientífico Paul D. MacLean, quien postuló que el cerebro humano se ha desarrollado en tres capas distintas, cada una con sus propias funciones: el “cerebro reptiliano”, el sistema límbico y el neocórtex. El “cerebro reptiliano”, el más antiguo y primitivo, es el responsable de nuestros instintos básicos de supervivencia: la agresión, la defensa territorial, la dominación y la respuesta a la amenaza. Es el asiento de las reacciones viscerales e impulsivas, donde la lógica y la reflexión ceden ante la urgencia de la reacción.
Lamentablemente, en el fragor de los debates parlamentarios, presenciamos cómo este cerebro reptiliano toma el control. Las tribunas se convirtieron en trincheras, las palabras en proyectiles y los gestos en provocaciones. El objetivo ya no es persuadir con argumentos sólidos, sino dominar, silenciar y agredir al presidente de la Mesa Directiva del Senado y reafirmar la propia oposición a ultranza. La complejidad de los problemas nacionales, que requieren análisis profundos y soluciones consensuadas, se reduce a una pugna por el poder, donde la racionalidad del neocórtex y la empatía del sistema límbico quedaron marginadas.
Se prioriza la razón de la fuerza sobre la fuerza de la razón, el golpe efectista sobre el argumento bien fundamentado. En este clima, el Himno Nacional, que debería recordarnos nuestra pertenencia a la nación, más que a las facciones políticas, se convirtió en un mero ritual protocolario, mal entonado y desprovisto de su profundo significado de cohesión.
La violencia verbal y ahora las agresiones físicas que hemos presenciado, no son meros exabruptos aislados; son síntomas de una patología cultural que erosiona la esencia misma de la democracia. El Congreso de la Unión es el espacio de la nación, donde el contraste de ideas, por áspero que sea, debe conducir al progreso. Cuando el cerebro reptiliano prevalece, el parlamento deja de ser un espacio de representación para convertirse en un campo de batalla, con graves consecuencias para la gobernabilidad y la confianza ciudadana.
La solemnidad del Himno Nacional no debe ser un preámbulo vacío; es un símbolo de grandeza cívica que nos convoca a construir una nación más justa y equitativa. Es hora de que el neocórtex y el sistema límbico recuperen el timón en el Congreso, y que el “cerebro reptiliano” si busca una revolución, ésta debe ser, la revolución de las conciencias.