Isabel Rodríguez Martínez
Bertha Lilia Gutiérrez Campos – conocida como Tita en el movimiento- parece haber vivido varias vidas: normalista, compañera en la guerrilla, presa política, docente y activista en un colectivo que trabaja por preservar la memoria histórica. Muchos caminos y una convicción por la cual seguir adelante: justicia social para todas y todos.
El Premio Nacional Carlos Montemayor que recibió el año pasado en el Complejo Cultural Los Pinos nuevamente le dio resonancia a la lucha de Tita contra el olvido y la impunidad; a Morelia vino a participar en la Escuela de Formación Política para Jóvenes “Cuarta República”, donde compartió su experiencia como integrante de la Liga Comunista 23 de Septiembre.
Orígenes
Yo nací en un barrio tradicional de Guadalajara que se llama San Andrés. En ese barrio había un grupo de jóvenes que les llamaban Los Vikingos. Eran una pandilla particular porque tenían un proyecto educativo y un proyecto político. Éramos una comunidad muy importante, porque estábamos en la orilla de la ciudad y llegaban migrantes del interior del estado de Jalisco y de estados aledaños, se cultivaban valores como la hospitalidad, camaradería, y solidaridad. Eran valores muy importantes de la gente del campo que llegaba a la ciudad, y empezaron a ser la identidad de ese barrio.
Impulsado por ese espíritu comunitario del barrio, Los Vikingos buscaban una mayor participación en la política estudiantil, democratizar las decisiones de la comunidad universitaria y romper la hegemonía de la Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG), organización que históricamente había servido a los intereses del gobierno, por lo que apoyaron al régimen de Díaz Ordaz tras la masacre de Tlatelolco, y sistemáticamente reprimieron, incluso de forma violenta, a liderazgos y movimientos estudiantiles opositores.
“Había un grupo hegemónico llamado FEG, que eran porros, como una policía estudiantil. Ellos no querían compartir su espacio. Y algo muy extraño, que siempre debe hacer reflexionar a los jóvenes: no tenían contrincantes en las elecciones. Eran un grupo único, candidato único. ¿Cómo iban a perder?”, detalló Tita en entrevista.
“Después de una represión sangrienta en la Escuela Politécnica de la Universidad de Guadalajara, cuando nuestros compañeros hacían difusión para lanzarse en la campaña estudiantil porque querían presidir el grupo de la Universidad, pero ya como Frente Estudiantil Revolucionario, opositor a la FEG, hubo un momento en el que nuestros compañeros eran tan perseguidos que las mujeres éramos la cara visible. Podíamos ir a distintas partes y nadie esperaba acciones por parte de nosotras”.
“Entonces, nos presentábamos en alguna preparatoria, por ejemplo, para decir lo que verdaderamente ocurrió en ese mitin del Politécnico: que nuestros compañeros fueron agredidos, no que ellos llegaran disparando o matando gente”.
Las mujeres en la lucha armada
“Las mujeres siempre estuvieron presentes: mamás, hermanas, tías, primas, esposas… Los acompañaban a hacer propaganda, a pintar bardas, a que no les llegara una patrulla. Era peligroso hasta repartir un volante; todo eso era ilegal, por así decirlo, porque estaba fuera del grupo hegemónico”.
“Las mujeres militantes integramos un grupo llamado Brigada de Mujeres Proletarias. Nuestras principales actividades eran de difusión. Éramos muy activistas: hacíamos pintas en los camiones, pintábamos bardas, pegábamos engomados con consignas. Los camiones eran nuestros principales propagandistas por toda la ciudad”.
“Un día nos dijo un magistrado: ‘porque ustedes pusieron mi nombre en un camión, no me mataron los enemigos de ustedes por haber absuelto a sus compañeros, que eran inocentes. Me salvaron la vida’”.
Del barrio a la clandestinidad
Los Vikingos, esa pandilla atípica del Barrio de San Andrés, era un grupo con una sólida formación que también transformó consciencias en su entorno, y para ello habilitaron una biblioteca móvil e intercambio de libros entre vecinos y todo aquel interesado en leer. “Nuestras lecturas nos respaldaban moralmente y estábamos convencidos. Habíamos leído algo de marxismo, novelas rusas, todo lo de Cuba, que era reciente, y eso nos levantaba mucho la moral a la hora de hacer actividades”, continúa Tita con su testimonio de vida.
Aquellos jóvenes no sólo tenían una buena formación política, también una fuerte convicción de que, una vez cancelados por la represión del Estado los caminos para la transformación pacífica, el pueblo se levantaría cuando ellos tomaran las armas.
“Vivíamos en un gobierno totalmente represor. Nos desaparecían compañeros. Teníamos siempre al acecho a la policía universitaria del grupo hegemónico (FEG); ellos golpeaban. Se rumora que arrojaron a la barranca de Oblatos y Huentitán a algunos compañeros que pudieron haber sido desaparecidos, opositores en aquel momento. No había otra salida más digna que la que tuvimos”, refiere Tita para explicar que ante la violencia del Estado contra los grupos y movimientos estudiantiles, no quedó otra alternativa que tomar las armas y dejarlo todo para irse a la clandestinidad de la guerrilla.
“Nosotros queríamos transformar al mundo nada más y nada menos que desde el gobierno. Queríamos un gobierno para los trabajadores”
“Yo había hecho mis lecturas y estaba convencida de que lo que realizábamos en ese momento podía tener éxito. Había un contexto de efervescencia internacional: habían triunfado las revoluciones china, rusa y, a últimas fechas, la cubana. Vietnam había triunfado sobre los Estados Unidos. Entonces, lo que estábamos haciendo lo hacíamos con mucha convicción”, comparte Tita.
No se encarcela al alma
Recluida en la Cárcel de Oblatos junto con muchos otros compañeros y compañeras de la Liga Comunista 23 de Septiembre, Tita continuó con su activismo, ahora enseñando a leer y a escribir a mujeres reclusas, porque “eso las hace libres para muchas cosas”.
A la distancia, Tita recuerda que agradeció a la vida el haber llegado a la cárcel, porque “eran tiempos de exterminio: la gente ya no llegaba a prisión. Yo creo que los que tenían un liderazgo de mayor responsabilidad eran detenidos y desaparecidos, o había ejecuciones extrajudiciales. También nos enterábamos de que, desde las prisiones, se llevaban a la gente a seguirla torturando… y ya no regresaban”.
Ni perdón, ni olvido
Durante décadas, la frase “ni perdón, ni olvido” ha acompañado a los movimientos estudiantiles y sociales como una bandera de memoria colectiva y un reclamo de justicia. Los sobrevivientes de la Liga Comunista 23 de septiembre comenzaron a visitar las tumbas de sus compañeros asesinados, primero fueron unas pocas personas –entre ellos Tita y Gilberto Rodríguez-, y a la vuelta de los años se fueron sumando cada vez más personas interesadas en honrar a sus caídos. Y fue ahí, en el silencio del cementerio de San Andrés, donde se reveló con toda su trascendencia la importancia de no olvidar.
Bertha Lilia Gutiérrez forma parte del Colectivo Rodolfo Reyes Crespo (nombrado así por un miembro de la Liga Comunista 23 de Septiembre que fue torturado y desaparecido por el Estado), con el cual han desarrollado en el Barrio de San Andrés el Circuito de Memoria, que consiste en la identificación de sitios importantes para el movimiento y para nuestra historia, se trata de “espacios de sueño, de lucha, de resistencia y de represión interconectados entre sí”.
Finalmente, y a propósito de su participación en la Escuela Popular de Formación Política “Cuarta República”, Tita Gutiérrez Campos subrayó la importancia de que los jóvenes tengan interés en cambiar su medio, “que no piensen que, así como llegaron, así se tienen que ir de este mundo sin haber aportado algo. Al contrario, uno de los principios básicos del marxismo es el de transformar. Que no piensen que se viene al mundo a contemplarlo, ¡se viene a transformarlo!