En julio de 1990, tras la caída del Muro de Berlín y el inminente colapso de la Unión Soviética, el Partido de los Trabajadores de Brasil convocó en São Paulo a organizaciones de izquierda latinoamericana para coordinar una respuesta frente al avance del neoliberalismo. El Partido Comunista de Cuba participó en el encuentro.
De ese encuentro nació el Foro de São Paulo, una plataforma que sentó las bases de lo que años después se conocería como la marea rosa: el ciclo de gobiernos de izquierda que, entre 1999 y mediados de la década de 2010, gobernó a la mayoría de los países de la región, con Chávez en Venezuela, Lula y Dilma en Brasil, los Kirchner en Argentina, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y Michelle Bachelet en Chile como sus principales exponentes.
Durante esos gobiernos se logró una reducción sostenida de la pobreza, se ampliaron derechos sociales y se logró una mayor autonomía frente a los Estados Unidos; se frenó el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que buscaba establecer una zona de libre comercio entre países sumamente desiguales; se dio mayor espacio a mecanismos de cooperación regional a través del Mercosur (Mercado Común del Sur), la SEGIB (Secretaría General Iberoamericana) y la Unasur (Unión de Naciones Suramericanas).
¿Por qué cayó la marea rosa?
El ciclo progresista se agotó por una combinación de factores que conviene distinguir. En primer lugar, el fin del largo ciclo de ascenso de los precios de los commodities (especialmente el petróleo) hacia 2014 privó a estos gobiernos de los ingresos que financiaban sus programas sociales, exponiendo la fragilidad de un modelo económico poco diversificado.
En segundo lugar, los escándalos de corrupción erosionaron la legitimidad moral de la izquierda. En tercer lugar, la deriva autoritaria en algunos países y la migración ocasionada —por ejemplo, desde Venezuela— fue un factor de alarma para el electorado de países vecinos. Además de estos factores, la derecha —con financiamiento de élites nacionales y estadounidenses— se reacomodó con un discurso anticorrupción y antiestatista que empezó a capitalizar el desgaste oficialista.
Una ola de derecha que se consolida
Nayib Bukele llegó a la presidencia de El Salvador en 2019 y fue el pionero de esta nueva ola de derecha. En 2023, Daniel Noboa ocupó la presidencia de Ecuador y Javier Milei inauguró en Argentina la fase más radical de este giro. Sus triunfos antecedieron al de José Antonio Kast, quien asumió en marzo de 2026 la presidencia de Chile. El 28 de julio, Keiko Fujimori juró como presidenta de Perú. Y el más recientemente incorporado es Abelardo de la Espriella, quien el 7 de agosto tomó posesión como presidente de Colombia.
Estos liderazgos tienen puntos en común: una retórica antisistema que se presenta como ruptura frente a “las castas políticas” o “el régimen”; asumen un discurso de mano dura en temas de seguridad, una alineación explícita con Washington y con Israel, y la identificación del socialismo del siglo XXI como la gran amenaza existencial.
La influencia estadounidense en este giro a la derecha no es meramente discursiva. En enero de 2026, fuerzas de Estados Unidos capturaron a Nicolás Maduro tras meses de presión militar en el Caribe, y el gobierno de Donald Trump lo acusó penalmente ante un tribunal de Nueva York. La caída del chavismo desató una escalada en el proceso de asfixiar a Cuba, dejándola sin suministros energéticos y provocando una grave crisis humanitaria.
Actualmente, la elección con mayor expectativa es la brasileña: Jair Bolsonaro, condenado por su intento golpista de 2022 e inhabilitado para competir, permanece bajo arresto, pero será su hijo Flávio Bolsonaro quien disputará la elección contra Lula, quien, con 80 años, buscará un cuarto mandato. El resultado definirá si la ola conservadora suma su pieza más codiciada o si el bloque progresista conserva su último bastión regional de peso.
México frente al giro de la derecha
México, con la dirección de la presidenta Claudia Sheinbaum, tiene la tarea de pensar auténticamente en políticas de Estado, con una visión de liderazgo del gran bloque regional del que formamos parte. Con la visita de Felipe VI en julio pasado, se está abriendo una nueva etapa de diálogo con España. El 6 de agosto, el canciller mexicano visitó al presidente Lula y aprovechó para entablar relaciones con sectores estratégicos de Brasil. Finalmente, vale la pena mencionar que el 7 de agosto se restablecieron las relaciones diplomáticas con Perú. De esta forma, México se consolida como un punto de unión en una Iberoamérica debilitada por la fractura ideológica.