De mujer a mujer: mayoría electoral, poder pendiente.

“Cuanto más afecta la lucha la existencia de cada individuo, más urgente es la participación de las mujeres en esta lucha” — Clara Zetkin, 1896.

Las mujeres llegamos a la política después de una larga historia de resistencia. Por eso, el voto femenino no debe mirarse como una conquista del pasado, sino como una responsabilidad del presente.

En México, el reconocimiento constitucional del sufragio femenino en 1953 fue resultado de una lucha histórica contra una concepción de ciudadanía que, durante siglos, excluyó a las mujeres de las decisiones públicas. Desde entonces, votar dejó de ser un privilegio reservado a los hombres para convertirse en un derecho político.

La ciudadanía no es solamente un estatus jurídico. Es una práctica: se ejerce cuando votamos, cuestionamos, exigimos, nos organizamos, participamos y ocupamos el espacio público. También cuando dejamos de aceptar que la política es asunto de otros.

Max Weber, en La política como vocación, vincula la política con el poder y la posibilidad de influir en la dirección de una comunidad. Hacer política no significa únicamente ocupar un cargo o pertenecer a un partido; significa intervenir en la disputa y el ejercicio del poder. Votar es intervenir en la determinación de quiénes ocuparán los espacios desde los cuales se ejerce el poder público.

De acuerdo con el Estudio Muestral de Participación Ciudadana 2024 del Instituto Nacional Electoral, el 2 de junio de 2024 participó el 64.3 % de las mujeres, frente al 54.8 % de los hombres: una diferencia de 9.5 puntos porcentuales. Además, las mujeres representaron el 52.04 % de la Lista Nominal, frente al 47.96 % de los hombres. Somos la mayoría del electorado y, en 2024, participamos en mayor proporción que los hombres en todas las entidades.

La pregunta ya no debería ser: ¿las mujeres participan en política? Los datos muestran que sí.

La pregunta importante es: ¿qué hacemos con el poder político que ya estamos ejerciendo? ¿A quién entregamos nuestro voto y, con él, el poder?

Si durante siglos fueron los hombres quienes decidieron por nosotras, vale la pena hacernos una pregunta incómoda: ahora que podemos decidir, ¿por qué habríamos de conformarnos con que ellos sigan ocupando mayoritariamente los lugares donde se decide sobre nuestras vidas?

No se trata de votar por una mujer únicamente porque es mujer. La política no puede reducirse a una identidad. Se trata de reconocer que el poder tampoco ha sido neutral: durante generaciones se construyó desde experiencias, intereses y estructuras en las que la voz de las mujeres fue colocada en los márgenes.

Por eso, cuando una mujer capaz, preparada, honesta y comprometida con la democracia aparece en una boleta, la pregunta merece ser distinta. No solamente: “¿Quién puede gobernar mejor?”, sino también: “¿Qué tipo de poder quiero ayudar a construir?”.

La representación importa: quién legisla, gobierna, decide sobre el presupuesto y diseña políticas públicas también influye en qué vidas son visibles para el Estado.

Votar por una mujer no debería ser un acto automático ni un cheque en blanco. Tampoco una recompensa por pertenecer al mismo género. Puede ser, cuando existen condiciones para ello, una decisión política consciente: abrir una puerta que durante siglos permaneció cerrada.

Porque las mujeres demostramos que sabemos votar. Ahora tenemos que preguntarnos qué hacemos con ese poder. ¿Lo entregamos nuevamente a las estructuras que históricamente nos excluyeron? ¿O comenzamos a utilizarlo para disputar el espacio donde se construyen las decisiones que afectan nuestras vidas?

Quizá ahí se encuentre el siguiente desafío del sufragio femenino: pasar de ser una mayoría que vota a ser una mayoría que incide, exige, vigila y transforma.

No basta con estar en las listas, aparecer en las boletas o incluso ocupar cargos. Queremos una democracia en la que nuestra presencia se traduzca en poder real y capacidad de transformación.

Si entre esas opciones existe una mujer comprometida con un proyecto democrático, igualitario y de derechos, quizá sea momento de atrevernos a votar por una mujer.

Porque las mujeres ya somos mayoría electoral. Ahora nos toca convertir esa mayoría en capacidad de transformación.

Porque votar es ejercer un derecho, pero disputar el poder es ejercer plenamente la ciudadanía.

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