Recuerdo ser adolescente y leer, a solas en mi habitación, el poema número XV de Pablo Neruda. Recuerdo también haber querido ser como la mujer descrita en esos versos, específicamente, los citados al inicio de este texto. Hoy sé que en realidad nunca podría ser esa mujer. Y tú, ¿podrías?
Para ayudarte a responder esa pregunta, es preciso entender cómo es la mujer de la que se ha enamorado el poeta. Veamos:
La amada es una mujer cercana y distante al mismo tiempo, pero esos rasgos de oposición; es decir, lo lejano y lo cercano, están en total equilibrio, en realidad, no son rasgos que se contradigan en el poema, sino rasgos que se combinan armónicamente. Se complementan.
¿Por qué?
Porque el hombre le habla a la mujer amada y ella lo escucha. Pero no responde, calla. Es perfecta por eso, por su escucha y su silencio. El hombre se ha enamorado de una mujer que no emite una sola opinión, pero que presta atención a la opinión del poeta.
¿Ese hombre se habría enamorado de una mujer que pensara por sí misma y que, además, expresara su punto de vista? Posiblemente no, porque a él le gusta la pasividad de esa mujer que, si llega a pensar algo, no lo dice, pues ella existe para encarnar la audiencia a la que se dirige el hombre, no para pensar, pues es el hombre quien piensa y expresa lo que piensa.
¿Qué sentido tiene hablar sin nadie presto a escuchar? ¿Y quién quiere una audiencia que difiere? Es mejor una que, con su silencio, afirme las opiniones que escucha decir, una que sea receptiva a las palabras del orador, pero nunca emisora de palabra alguna, menos si es contradictoria o diferente.
Estamos, entonces, ante la imagen de una mujer que muy bien puede encajar con el pensamiento de derecha y militar entre las filas de partidos conservadores.
En la actualidad, la mujer que se identifica con el pensamiento político de derecha, posiblemente no crea responder al ideal de mujer descrito en los versos citados, pues se ha vuelto común que la mujer que milita en la derecha hable, tome el micrófono, la palestra, la pluma, tenga redes sociales y a través de ellas se haga escuchar.
Esa mujer habla, pero no piensa.
Con esto quiero decir que su discurso no es propio, pues se limita a repetir el discurso hegemónico masculino, se lo sabe de memoria porque lo lleva escuchando por siglos. Además, la mujer de derecha teme incordiar, molestar. Teme ser rechazada por la mirada masculina. Ella quiere ser querida, pero también dejar por un rato la faena del hogar, la mujer de derecha entendió que para conseguir ambas cosas, debía decir lo que los hombres querían escuchar de una mujer: ¡cuánta razón tienes!
La mujer de izquierda, en cambio, no le regresa al hombre una imagen aumentada de sí mismo, pues la mujer de izquierda no busca la validación del otro, no teme incomodar; teme, en cambio, estar incómoda, no le gusta el sometimiento, la atadura. Ella es genuina, fiel a sí misma, a sus pensamientos e ideales, porque ella piensa por sí misma y no teme pedir lo que le corresponde, ni establecer límites claros y firmes.
La posición que cada mujer toma define su identidad política. Incluso cuando cree que no toma ninguna, ya ha tomado una, la de la derecha, porque el pensamiento conservador busca que las mujeres no quieran el poder político, ni se interesen por la política.
Las mujeres que se alejan de la política porque la ven como algo que nada tiene que ver con ellas, como un mundo corrompido, podrido, sucio, son mujeres que, sin advertirlo, tienen un pensamiento más inclinado a la derecha que a la izquierda.
Las mujeres de izquierda saben que para escribir la historia, para hacer historia, es preciso el ejercicio del poder político; tener el valor de dirigir una Universidad, una multinacional, un país; pero sobre todo lo anterior, ejercer el derecho a gobernar el propio cuerpo, y la propia vida.