Cuando hablamos de feminismo, a menudo hablamos de sororidad, de lucha contra el patriarcado y de búsqueda de la igualdad. Pero, ¿de qué mujeres estamos hablando? Porque no todas vivimos la opresión de la misma manera. Una mujer blanca y adinerada no enfrenta los mismos obstáculos que una mujer migrante, una mujer racializada, una mujer con discapacidad o una mujer trans. Para entender esta realidad tan compleja, el feminismo actual cuenta con una herramienta fundamental: la interseccionalidad
Aunque la palabra interseccionalidad suene complicada, en realidad es una forma de mirar la realidad tal como es. Lo que nos enseña es que nadie sufre discriminación por una sola cosa. Ser mujer, ser pobre, ser migrante, ser lesbiana o tener alguna discapacidad no son experiencias separadas. Todo eso se mezcla en una misma persona y hace que su forma de vivir la desigualdad sea única y diferente a la de otras mujeres.
Pongamos un ejemplo claro. Imaginemos a dos mujeres tratando de acceder a un empleo digno. Una, es una mujer blanca, de clase media, soltera y con hijos. Otra es una mujer migrante indocumentada. Las dos pueden sufrir brecha salarial o precariedad por el hecho de ser mujeres. Sin embargo, mientras que la mujer migrante sufrirá la barrera de la indocumentación y la xenofobia, la otra mujer madre se enfrentará a un sistema que no está adecuado para las madres solteras, orillándola a una segunda jornada laboral en casa. No se trata de una suma de discriminaciones, sino de distintas formas de discriminación que vive cada una de ellas.
Para una izquierda que se define como humanista, esta mirada es imprescindible. Un humanismo real no puede hablar de “la humanidad” en abstracto, sino de las personas concretas, con sus circunstancias y sus vulnerabilidades específicas. Como bien señalan corrientes feministas diversas, poner la vida en el centro significa poner la vida de todas, no solo la de unas pocas
La interseccionalidad nos ayuda a salir de nosotras mismas y a reconocer que nuestras luchas particulares no son universales. Una mujer de clase media puede sentir que su meta es llegar a puestos altos en su trabajo. Pero, para una mujer que trabaja en la economía informal sosteniendo a su familia con un empleo sin derechos, su prioridad no es llegar arriba, sino el no hundirse más. Su lucha diaria es por sobrevivir, porque le paguen lo justo, por tener derechos laborales y porque alguien más ayude a cuidar a sus hijos o a sus mayores, porque todo eso siempre termina recayendo sobre ella.
Ejemplos de esta lucha interseccional los vemos a diario. Lo vemos en las trabajadoras del hogar y los cuidados, mayoritariamente migrantes, que pelean por el reconocimiento de sus derechos laborales. Lo vemos en las mujeres trans, que sufren una esperanza de vida mucho más baja y una violencia institucional extrema, especialmente si viven en situación de pobreza. Lo vemos en las mujeres con discapacidad, que enfrentan barreras arquitectónicas y sociales que las invisibilizan y las alejan de los espacios de decisión, sufriendo además una doble discriminación en el acceso a la salud o a la justicia.
Por eso, un feminismo que aspire a ser transformador no puede conformarse con lemas globales. Debe ser un feminismo que practique la escucha, que ceda el protagonismo cuando toca y que entienda que la lucha contra el patriarcado es inseparable de la lucha contra el racismo, la xenofobia, la LGTBIfobia y el capitalismo.
Asumir la interseccionalidad no es dividir el movimiento, es hacerlo más justo, más complejo y, en definitiva, más humano. Porque no se trata de ver quién sufre más, sino de entender que mientras una de nosotras no sea libre, no lo será ninguna.
La libertad, para ser real, debe ser interseccional.