A inicios del siglo XXI, los estudios de género comenzaron a cuestionar críticamente los fundamentos de la economía tradicional, señalando que no era neutral, sino atravesada por sesgos sexistas. A partir de ello, surgió la economía de género, centrada en analizar las desigualdades entre hombres y mujeres, especialmente en el mercado laboral. Con el paso del tiempo, esta perspectiva se expandió hacia diversas disciplinas como la sociología, la antropología y, más recientemente, los estudios migratorios.
Actualmente, el análisis de la migración desde una perspectiva de género busca comprender la intersección entre ambos fenómenos, abordando temas como la familia transnacional, la división sexual del trabajo, la discriminación, la violencia de género y las políticas públicas. Esta mirada permite entender el fenómeno migratorio de manera más integral, reconociendo que el género es un factor estructural que influye en todas las etapas del proceso migratorio.
La migración es un fenómeno complejo que involucra múltiples dimensiones sociales, culturales y económicas. En este contexto, el género determina tanto las oportunidades como los riesgos que enfrentan las personas migrantes. A nivel micro, por ejemplo, las decisiones familiares sobre quién migra suelen basarse en roles de género: las mujeres son frecuentemente elegidas por su inserción en trabajos de cuidado y su compromiso con el envío de remesas, mientras que los hombres presentan mayores tasas de desvinculación familiar en ciertos contextos.
A nivel global, más de 280 millones de personas migran, de las cuales cerca de la mitad son mujeres. Este dato refleja un proceso conocido como “feminización de la migración”, caracterizado por el incremento sostenido de mujeres migrantes, muchas de ellas en edad productiva. Este fenómeno tiene impactos demográficos importantes tanto en los países de origen como en los de destino, modificando patrones de natalidad, mortalidad y estructura poblacional.
En el caso de México, destaca como uno de los principales países de origen de población migrante, con millones de personas viviendo principalmente en Estados Unidos. Además, el país se ha consolidado como una ruta clave de tránsito migratorio a nivel mundial. En este escenario, las mujeres migrantes no solo participan en los flujos migratorios, sino que cada vez más lo hacen como protagonistas, migrando de forma independiente y asumiendo el rol de proveedoras principales en sus hogares.
Este cambio está vinculado a transformaciones estructurales del sistema económico global, como la expansión del sector servicios y la demanda de mano de obra femenina en empleos precarizados, especialmente en el trabajo doméstico y de cuidados. Esto ha dado lugar a la llamada “cadena global de cuidados”, donde mujeres migrantes suplen necesidades de cuidado en países desarrollados, mientras dejan vacíos en sus propias comunidades de origen.
Sin embargo, este proceso también ha profundizado desigualdades, dando lugar a la llamada “feminización de la pobreza”. Las mujeres migrantes suelen enfrentar condiciones laborales precarias, discriminación, menor movilidad social y mayores niveles de vulnerabilidad. Estas desigualdades se relacionan no solo con el género, sino también con factores como clase social, origen étnico y nacionalidad.
Históricamente, los estudios migratorios ignoraron el papel del género, invisibilizando a las mujeres o reduciéndolas a roles pasivos. Fue hasta las décadas de 1970 y 1980, gracias al impulso de investigadoras feministas, que comenzaron a incluirse en el análisis. Inicialmente, esta inclusión fue superficial, pero posteriormente evolucionó hacia enfoques más complejos que analizan las relaciones de poder, el acceso a recursos y las desigualdades estructurales.
En el siglo XXI, el género se entiende como un sistema social que estructura las experiencias migratorias, influyendo en el acceso al trabajo, la ciudadanía, la cultura y las relaciones sociales. Desde esta perspectiva, la migración no puede comprenderse sin considerar cómo las relaciones de género configuran las oportunidades, limitaciones y experiencias de las personas.
En síntesis, estudiar la migración con enfoque de género implica reconocer que las experiencias migratorias son diferenciadas y están determinadas por estructuras de poder que operan en distintos niveles. Este enfoque permite visibilizar las desigualdades, pero también el papel activo de las mujeres como agentes de cambio en los procesos sociales, económicos y culturales a nivel global.