
Activista de Mexicanos en el Exterior y Comunicóloga
Desde la perspectiva de muchos migrantes mexicanos que vivimos en Estados Unidos, el discurso y las acciones de Donald Trump hacia México no pueden entenderse únicamente como una estrategia de seguridad. También forman parte de una narrativa política basada en el miedo, la intimidación y la distracción mediática.
Trump ha utilizado constantemente a México y al tema migratorio como herramientas políticas para proyectarse ante el pueblo estadounidense como un líder “duro” contra el narcotráfico y el crimen organizado. Sin embargo, muchas personas migrantes observamos una contradicción profunda: mientras se responsabiliza únicamente a México por la violencia relacionada con el narcotráfico, poco se habla del enorme flujo de armas que salen de Estados Unidos hacia territorio mexicano.
Las armas de alto poder que utilizan numerosos grupos criminales no aparecen por arte de magia. Son armas compradas, vendidas y traficadas desde este país. Entonces surge una pregunta legítima: ¿quién se beneficia económicamente de este negocio y cómo es posible que crucen la frontera con tanta facilidad sin ser detectadas?
Por otro lado, también se habla constantemente de la crisis del fentanilo. Pero quienes vivimos aquí sabemos que esta problemática no se resolverá únicamente señalando culpables externos. Dentro de Estados Unidos existe una profunda crisis social y de salud pública.
Miles de jóvenes caen en las adicciones mientras los centros de rehabilitación son insuficientes o extremadamente costosos. Muchas comunidades carecen de espacios culturales, deportivos y educativos accesibles. Además, no existe suficiente inversión en prevención, salud mental ni en programas comunitarios que realmente ayuden a rescatar a quienes están atrapados en las drogas.
La realidad es que combatir una crisis humana requiere mucho más que discursos políticos o amenazas internacionales.
Asimismo, muchos migrantes perciben que el tono de Trump hacia México también tiene un componente de intimidación política y económica. Las propuestas de aumentar impuestos a las remesas o endurecer constantemente el discurso contra los mexicanos generan preocupación, ya que millones de familias dependen del esfuerzo diario que realizan los migrantes lejos de casa.
Las remesas no son un privilegio; son el resultado del sacrificio de trabajadores que sostienen dos economías al mismo tiempo: la estadounidense y la mexicana.
También existe la percepción de que gran parte de este discurso funciona como una cortina de humo para distraer al pueblo estadounidense de problemas internos, conflictos políticos o intereses económicos más profundos. En tiempos electorales, el tema migratorio suele convertirse en un espectáculo mediático en el que el migrante termina siendo utilizado como símbolo político, en lugar de ser tratado como un ser humano.
Por supuesto, la corrupción existe y debe señalarse en todos los países y en todos los niveles de gobierno. Nadie puede negar que México enfrenta retos importantes. Pero convertir esa realidad en una narrativa de humillación constante hacia un país entero solo alimenta la división y el odio.
En este momento histórico, muchos mexicanos creemos que es tiempo de actuar con madurez, patriotismo y unidad. La crítica es necesaria, pero también lo es evitar que ciertos sectores mediáticos conviertan la política en un circo basado en ataques, desinformación y polarización.
La relación entre México y Estados Unidos es demasiado importante como para construirse desde la amenaza. Ambos países comparten historia, economía, cultura y millones de familias binacionales.
Y detrás de cada debate político sobre migración existen personas reales: madres, trabajadores, estudiantes y familias enteras que únicamente buscan vivir con dignidad.