A inicios de marzo de este año, entró en vigor la reforma que establece el alcance de una semana laboral de 40 horas por ley, de manera gradual, a partir del 2030. Sin duda, una reforma necesaria, justa y sensata, por los niveles de explotación de fuerza de trabajo que aún se presentan en nuestro país y, en particular, en Michoacán. Sin embargo, esta reforma es apenas el segundo de varios pasos a realizar para garantizar un empleo digno a la clase trabajadora michoacana y mexicana.
Una de las características del periodo neoliberal, que a nivel global comenzó en la década de los 70, consolidándose en los años 80 como el modelo dominante en América Latina y en México, fue la ofensiva en contra de la clase trabajadora, que se tradujo en el debilitamiento de las organizaciones laborales, la reducción de los puestos de trabajo estables o formales, la flexibilización laboral, las reducciones reales al salario y, ante el abaratamiento del trabajo, la extensión de las jornadas laborales para compensar la pérdida de ingreso de las grandes masas de trabajadoras y trabajadores.
Con el cambio de gobierno en México a partir de 2018, encabezado por Andrés Manuel López Obrador y continuado por Claudia Sheinbaum Pardo, se logró una modificación en el modelo de desarrollo nacional que benefició a la clase trabajadora, comenzando con la recuperación del salario perdido durante más de tres décadas de ofensiva neoliberal, a partir de los incrementos anuales al salario mínimo, que entre 2018 y 2026 ya suma un aumento real del 154 por ciento. En términos reales, el salario mínimo de este año es similar al que tenía una persona trabajadora a finales de los años 70, en la antesala del neoliberalismo, y todavía no se alcanza el máximo histórico del salario en México, reportado en 1976.
Un segundo cambio a favor de la clase trabajadora fue la reducción legal de la semana laboral de 48 a 40 horas, aprobado por el Congreso de la Unión en febrero y por los congresos locales a inicios de marzo. Destaca que es la primera vez, desde 1917, que se aprueba una reforma para regular el tiempo de trabajo, pero también destaca que México llega tarde a esta regulación. El primer país en aprobar una semana de 40 horas fue Francia, en 1936; y en América Latina, el primero fue Ecuador, en 1980.
La implementación del modelo neoliberal a ultranza en México, además de abaratar el trabajo, también hizo de nuestro país uno de los que más trabaja en todo el mundo. Según las estadísticas de la Organización Internacional del Trabajo, en México, para 2024, una persona trabajó un promedio de 44.5 horas por semana de manera habitual, colocándonos como el décimo país con más horas trabajadas en el mundo. El primer lugar mundial fue Lesoto (África), donde la semana regular de trabajo fue de 52 horas; le siguió Irán (Asia), con 47.5 horas; Mongolia (Asia), con 46.7 horas; Brunéi (Asia), con 46.5 horas; Zimbabue (África), con 46.4 horas; Emiratos Árabes Unidos (Asia) con 46.2 horas); Arabia Saudita (Asia) con 45.9 horas; Angola (África), con 45.4 horas; y Honduras (América), con 45.1 horas.
Estas magnitudes de los 10 países con la semana laboral más larga contrastan con el promedio latinoamericano, que es de 41 horas; o con la semana promedio de los países de altos ingresos, integrados en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que es de 37.7 horas; o con el promedio en Países Bajos (Europa), que es de 31.2 horas.
Y otro de los efectos del neoliberalismo fue la reducción relativa del trabajo formal, que implica una relación laboral reconocida legalmente y donde podría vigilarse y sancionarse el incumplimiento de la semana de 40 horas. En 2025, sólo el 45 por ciento de los trabajadores en México estaban en un trabajo formal, pero en Michoacán, eran sólo el 32 por ciento; el resto de las personas estaban ocupadas en el sector informal, o trabajaron para algún patrón, pero sin contrato; o eran personas trabajadoras por cuenta propia.
En síntesis, después de la aprobación de la reforma de las 40 horas, son al menos cuatro los desafíos para la clase trabajadora: fortalecer la organización de clase para defender conquistas y alcanzar nuevas; continuar la recuperación salarial y superar el máximo de hace 50 años; ampliar la base de trabajo formal o de trabajo digno, para garantizar derechos laborales; y continuar con la reducción de la jornada laboral.