Por lo menos desde hace 50 años, el movimiento feminista mexicano estableció como una de sus principales demandas la igualdad salarial, y como tal, tuvo que pasar más de medio siglo para que esta garantía se integrara en nuestra Carta Magna, luego de que la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo enviara la iniciativa de reforma constitucional para incluir plenamente los derechos de las mujeres en nuestra Constitución federal, vigente desde el 15 de noviembre del año pasado, junto con nuestros derechos a la igualdad sustantiva y a una vida libre de violencias.
Sin embargo, eliminar las brechas salariales por razones de género es una tarea para toda la sociedad, y una prioridad para toda la gente que abrazamos los principios de la Izquierda y de las mujeres de la clase trabajadora, sean estas obreras directas u obreras indirectas. De estas últimas, hay un gran ocultamiento, porque las mujeres que no trabajan por un salario, pero son esposas, hijas o familiares de un obrero, durante muchísimas décadas se han encargado de asegurar los trabajos de reproducción o de cuidados, sin pago alguno, para que el trabajador-hombre pueda regresar cada día al trabajo.
Y aunque ya es un derecho constitucional, hoy en día, las condiciones que viven las mujeres trabajadoras impiden eliminar plenamente la brecha de desigualdad entre mujeres y hombres, que comenzó a cerrarse con la llegada de los gobiernos de la Cuarta Transformación.
¿Cómo se manifiesta en Michoacán esta brecha de desigualdad? Primero, cada año son más mujeres las que se integran al mercado laboral y poco a poco se tiende a la paridad en este ámbito. Hace una década, 37 de cada 100 personas trabajadoras en el estado eran mujeres, y este año ya son 40 de cada 100. Sin embargo, 38 de cada 100 mujeres trabajan en el sector informal, y en el caso de los hombres, son 35 de cada 100 en trabajos informales; la informalidad afecta más a las mujeres.
Por otro lado, del total de mujeres que trabajan, cerca de la mitad gana máximo un salario mínimo, pero en el caso de los hombres, sólo el 30 por ciento recibe ese monto; los bajos salarios son para mujeres. Además, por cada hora trabajada en Michoacán, las mujeres ganan en promedio 44 pesos, pero los hombres ganan 50 pesos, y cuando se trata de trabajo por cuenta propia, las mujeres reciben 42 pesos y los hombres 57; la brecha salarial aumenta hasta en 25 por ciento.
Además, 70 por ciento de las trabajadoras son madres, que seguramente enfrentan una doble jornada de trabajo: a su labor remunerada, se agrega la jornada adicional de cuidados en su hogar.
Todo ello provoca que los ingresos finales de las mujeres sean más bajos que en los hombres, más aún cuando existen otras dimensiones que afectan la desigualdad en el ingreso, por ejemplo, que las mujeres tienen menor acceso a propiedades muebles e inmuebles que los hombres.
El resultado es que la brecha de ingresos entre mujeres y hombres en Michoacán sea de 34 por ciento, y el saldo es que en nuestro estado sean más mujeres que hombres en situación de pobreza.
Con estos datos recabados del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y del Consejo Nacional de Evaluación de la Política Social (CONEVAL), se evidencia que la brecha salarial y de ingresos persiste en Michoacán, aunque debemos de reconocer que disminuyó sensiblemente en el último sexenio: en 2018 era de 45 por ciento, además de no perder de vista que el salario era de menos de la mitad que hoy; pero todavía no es suficiente.
La lucha de las mujeres trabajadoras por un salario digno e igualitario no sólo es una lucha feminista, sino que también es parte de la lucha de clases, como lo es también la instalación de un sistema de cuidados, que reduce la superexplotación de la fuerza de trabajo femenina que instaló el Neoliberalismo en nuestro país.
Aplaudimos la reforma impulsada por nuestra Presidenta, pero debemos de reconocer que ahora nos toca a nosotras, a las mujeres del movimiento, hacer real esa garantía constitucional, y desde diferentes trincheras debemos seguir insistiendo y exigiendo que se cumpla nuestro derecho. No será la primera ni la última lucha que demos, pero sí es una lucha fundamental para avanzar en la autonomía económica de las trabajadoras michoacanas y mexicanas.