Papa Francisco I, su legado

En estos días hemos presenciado los funerales del Papa Francisco I, quien será recordado como el Papa revolucionario que cimbró a la Iglesia Católica desde sus profundidades, y lo hizo para acercarla a la gente de a pie, conciliando la situación entre la Iglesia, que ya se encontraba en crisis desde hace décadas, y los fieles creyentes que habían sido segregados por la rigidez en sus normativas, mismas que habían prevalecido desde siglos atrás. A través de sus designios, políticas y actos buscó la manera para resarcir el nexo que se había visto roto y que parecía cada vez más distante, y bajo la frase “¿quién soy yo para juzgar?” –porque aun siendo quien era–, demostró que sí hay cabida para los que son diferentes, pero que tienen buena voluntad, y es que en este “ser diferentes” estamos muchos, muchas, no sólo los homosexuales, también las mujeres, los de otras creencias, los pobres, los no-blancos, etc.

Trató de buscar una solución a los casos de violaciones cometidas por los mismos eclesiásticos, misma que, aunque se ha quedado corta por insuficiente, sí nos da qué pensar respecto a lo que pudo haber encontrado al interior de la Iglesia, como la gran resistencia a reconocer los abusos y actuar para detenerlos, por ejemplo, con Juan Pablo II y con Benedicto XVI, quienes no sólo omitieron, sino solaparon estos delitos, haciendo caso omiso de las víctimas y de lo extendido que estaban este y otros problemas – todos gravísimos–. Un doloroso ejemplo de lo anterior es el caso de los internados para niños indígenas en Canadá, quienes fueron apartados de sus familias con amenazas, maltratados, abusados física, mental y sexualmente, y en cientos de casos, asesinados; a todos ellos, poco habría por enmendarles, sin embargo, ignorarlos fue lo peor que se pudo haber hecho. Sin embargo, Francisco se acercó, reconoció los errores y los horrores cometidos, y humildemente, pidió disculpas. No sé qué más podría hacerse a estas alturas, casi veinte años después del cierre de esos lugares.

Siguiendo los preceptos de Jesús, su papado se caracterizó por buscar el acercamiento entre “el rebaño” y su pastor, y no entre jefes de Estado. No es de extrañar, pues, que el Papa Francisco, el mismo que rechazó la insultante riqueza que ostentan los patriarcas del mismo Vaticano, que cambió la aprobación de las cúpulas de poder por el llamado a la justicia, el de izquierdas, el mismo que criticó duramente al capitalismo, exhibiendo lo inmoral y despiadado de este sistema contra la naturaleza y los animales –incluyendo a los humanos–, el que se mantuvo firme abiertamente ante el genocidio y las injusticias cometidas contra el pueblo palestino, contra la guerra en Ucrania y contra la tirante situación en Oriente, el mismo que sentenció los actos perpetrados en nombre del “combate contra el terrorismo” que Israel y Estados Unidos vienen cometiendo desde hace mucho tiempo –y que el común de los países ha hecho como que no existe–, ese mismo Papa, el que ahora también ha dejado el mundo, nos ha mostrado el camino para que volvamos nuestra vista hacia las causas que parecían perdidas, pero que valen la pena; sin miedo a dejar las apariencias de lado, nos ha puesto el ejemplo para dejar de aceptar sin cuestionar, por encima incluso, de los mismos dogmas. Todo lo hizo desde su humanidad, que fue lo único a lo que decidió nunca renunciar.

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