El origen de la educación escolarizada es elitista. Históricamente las primeras escuelas estaban destinadas a los hijos de grupos y clases privilegiadas. No es sino hasta que las ideas de igualdad, libertad y justicia que llevaron a la Revolución Francesa y al inicio del periodo contemporáneo a finales del siglo XVIII, que se impulsó la idea de que todos tienen derecho a la educación y se planteó una escuela pública de acceso universal.
En México las ideas de una educación laica, gratuita y obligatoria empezaron a materializarse al incluirse en el Artículo 3° de la Constitución de 1857 y a consolidarse con su ratificación en la de 1917. A la par, las escuelas normales rurales son producto de la lucha revolucionaria del país que en 1922 logra que, la recién creada Secretaría de Educación Pública, fundara la Escuela Normal Rural Vasco de Quiroga, mejor conocida como la Normal de Tiripetío, la primera en Latinoamérica.
En la cultura occidental hay una dicotomía entre lo urbano y lo rural que implica una primacía de lo primero sobre lo segundo y su abandono institucional, sin embargo, en México lo rural abarca a los campesinos y los indígenas, que mantienen vivos los conocimientos y los saberes mesoamericanos que nos dan identidad como mexicanos.
En un país mayormente rural, la creación de esta institución era imperante, no sólo para reducir el analfabetismo, sino para aspirar a ser un país con equidad y justicia social. Así, el basamento de esta institución es el más noble, llevar la educación a los lugares más inhóspitos y apartados, a los hijos de campesinos, de los obreros jornaleros y de los indígenas, para que todos los niños puedan tener el mismo acceso a la educación y en consecuencia las mismas oportunidades de tener una vida digna.
Por supuesto que, al ser un espacio de conocimiento creado para el Otro, para el pobre y para el “ignorante”, se convirtió con el tiempo en un lugar que da voz a los que no tenían, en un lugar contestatario que cuestiona -ahora en sus mismos términos- a un sistema inequitativo.
En otras palabras, cerró la brecha pluricultural y abrió un espacio de interpelación entre los grupos y la cultura dominante con los Otros. De la cepa normalista han surgido personajes emblemáticos como Lucio Cabañas, que a finales del año pasado cumplió 50 años de haber sido asesinado por el gobierno, que nos recuerda que un maestro rural hace mucho más que combatir el analfabetismo de los “nadies”, como les llamaba Eduardo Galeano.
Sin embargo, las normales rurales no se han librado de las relaciones de poder implícitas en el orden dominante, ni del centralismo institucional eurocéntrico. Inmersas en esas relaciones de poder, su cualidad contestataria ha sido presa de personajes y grupos políticos que los utilizan para sus propios fines a cambio de dádivas que han dado soporte a la represión y persecución estudiantil, mientras que el centralismo institucional insiste en imponer normas y formas encaminadas a anular la diversidad en favor del desarrollo económico, dejando de lado su basamento humanista. De esa manera tenemos la denostación y la estigmatización social de tan nobles instituciones.
Una de las últimas implementaciones cuestionables es la aplicación de un examen de ingreso estandarizado como el EXANI II. Lo absurdo de esta implementación no es únicamente su costo y que lo aplica una empresa privada, sino que el nivel escolar de los alumnos de los lugares más alejados y con mayores carencias económicas dista mucho del nivel de la media general, por lo tanto, en lugar de servir como un vehículo de reducción de las desigualdades parece reforzarlas.
Esta manera de entender la “calidad educativa” solamente deshumaniza a los alumnos, los trata como una mercancía estandarizada, diseñada con criterios tecnocráticos para una eficiencia productiva.
El ingreso a las normales rurales debe ser libre y el recurso necesario para la formación de los normalistas debe estar garantizado. A poco más de 100 años de su creación, la Normal Rural Vasco de Quiroga es un estandarte de la educación y de la lucha social.
Por una educación pública, laica y gratuita, “Por el bien de todos, primero los pobres.”