Detrás de los conflictos entre Rusia – Ucrania, e Irán – Israel, se esconde una batalla más profunda, la resistencia de Estados Unidos y el llamado Occidente Colectivo al ascenso de un nuevo orden internacional multipolar encabezado por los BRICS+.
En un planeta cada vez más conectado, pero también más dividido, las guerras ya no responden solo a intereses territoriales o religiosos. Las armas, los bloqueos y las sanciones siguen siendo utilizados por las grandes potencias hegemónicas en el orden unipolar mundial no solo para defender sus intereses inmediatos, sino para preservar su lugar dominante.
En ese contexto, los conflictos en Europa del Este y Medio Oriente deben entenderse como parte de una estrategia global. Una estrategia impulsada principalmente por Estados Unidos, que busca frenar el avance del bloque BRICS+ (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica con otros 18 países), integrado por economías emergentes que cuestionan el monopolio occidental sobre el comercio, la diplomacia y la política financiera global.
La guerra Ucrania – Rusia es una guerra útil para Washington. Cuando Rusia intervino militarmente en Ucrania en 2022, la narrativa dominante en los medios occidentales y nacionales habló de “agresión”, “autocracia” y “defensa de la democracia”. Pero pocos señalaron que esa guerra fue precedida por años de provocaciones geopolíticas: la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hasta las fronteras rusas, la injerencia en la política ucraniana y la presión para alejar a Kiev de Moscú. Estados Unidos no participó directamente con tropas, pero sí con financiamiento, armas y sanciones, logrando así varios objetivos, por ejemplo romper la relación energética entre Rusia y Europa, consolidar su dominio militar sobre el continente europeo, aislar a Rusia del sistema financiero internacional, y tratar de debilitar los proyectos de integración euroasiática, el resultado, una Europa más dependiente de Washington y un conflicto prolongado que obstaculiza a Rusia ejercer liderazgo global junto a China e India.
En medio oriente la guerra Irán – Israel es fuego cruzado en una región estratégica y sigue una lógica parecida. Irán ha buscado durante años integrarse a alianzas alternativas al eje occidental, acercándose a Rusia, China y otros países del Sur Global. En respuesta, ha sido objeto de sanciones económicas, operaciones encubiertas y agresiones militares. Israel, con respaldo absoluto de Estados Unidos, ha incrementado su hostilidad en nombre de la “seguridad nacional”. Pero más allá del discurso oficial, el objetivo es claro: impedir que Irán consolide un poderoso rol regional autónomo y estratégico dentro del bloque multipolar.
La reciente escalada bélica y la guerra abierta buscan bloquear la creciente influencia de Teherán y su acceso a rutas comerciales, mercados energéticos y alianzas alternativas al dólar. Generando un continuo caos, estas guerras tienen efectos globales, especialmente en los países más vulnerables: la inflación y escasez, la interrupción del comercio de granos, petróleo, gas y fertilizantes que los ha encarecido y aumentando la inestabilidad financiera, los países que dependen de importaciones básicas han visto crecer sus deudas y su dependencia de organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI).
Por otra parte, el estancamiento del Sur Global: el caos global sabotea cualquier intento de desarrollo soberano, pero el trasfondo es notorio, intenta frenar la consolidación del surgimiento del mundo multipolar y los BRICS+, representando una ruptura con el modelo unipolar que ha regido desde la caída del muro de Berlín, pero para Estados Unidos, permitir que estos países crezcan, se coordinen y construyan una arquitectura económica independiente es una amenaza estratégica para dicha unipolaridad. Las guerras actuales no son solo por territorio, son guerras para evitar que otros decidan sin pedir permiso. Guerras para impedir que la soberanía, la cooperación y la autodeterminación de los pueblos se conviertan en norma.
Lo que está en juego no es sólo Ucrania, Gaza o Irán. Lo que está en juego es el derecho de los pueblos del mundo a participar en la historia sin estar subordinados a una sola potencia y su estructura de dominación. En esa disputa, las armas pueden imponer miedo, pero no legitimidad. Estados Unidos y el “Occidente colectivo” intentan detener el reloj de la historia, pero el orden que conocimos promete ya no volver. Y el mundo multipolar, con todas sus contradicciones, es una promesa que ya comenzó a cumplirse generando un parteaguas histórico.