En México, el 70.1 % de las mujeres de 15 años en adelante han experimentado por lo menos un tipo de violencia a lo largo de su vida, siendo la violencia psicológica la más común, 51.6 % de mujeres, seguida por la violencia sexual, 49.7 %, de acuerdo con datos de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2021. (UNAM Global Revista, 2023).
El papel masculino ha sido protagonista desde tiempos de antaño en nuestra historia como sociedad. En la actualidad, el auge del feminismo ha incomodado a cientos de grupos conservadores y con ideas patriarcales. Los cuestionamientos y críticas hacia el movimiento han estado presentes en cada manifestación, en cada queja o cada grito de ayuda.
Se argumenta que ahora existe una “guerra entre géneros”, que discriminado y perderá sus derechos ante la ley únicamente por su género o que las políticas de seguridad tendrán inclinaciones preferenciales hacia la mujer, pero las afirmaciones anteriores son falaces y absurdas. La carencia de entendimiento y empatía sobre esta lucha no es algo exclusivo de hombres, ambos géneros llegan a ser fuertes críticos con comentarios machistas, sexistas y misóginos. Es una guerra innecesaria que solo divide a las masas, pero que, si hubiese menos desinformación comprenderían que esta búsqueda de igualdad beneficia a todos y todas.
Ahora nos preguntamos, ¿cómo puede actuar el hombre para erradicar la violencia contra las mujeres? Es crucial que el varón participe en estas iniciativas, ya que ha sido él mismo quien ha perpetrado la violencia sintémica contra la mujer, quien ha normalizado el desprecio a la feminidad y la ha oprimido hasta el cansancio aún en tiempos actuales. No es obligatorio pertenecer a una comunidad marginada para el entendimiento y apoyo de su causa, así que es posible ser profeminista sin importar el sexo o género.
La conciencia social y política son el primer paso para la erradicación de esta violencia, el compromiso al cambio puede hacer grandes cosas; los hombres y niños necesitan percatarse de las actitudes que toman respecto a sus opuestos, cuestionar la masculinidad tóxica y las estructuras tradicionales de género, fomentar la educación y el respeto a los más jóvenes, así como generar cambios cotidianos que de manera colectiva pueden traer resultados positivos a futuro.
La voz y la crítica femenina han sido silenciadas y ridiculizadas durante siglos, pero un mensaje jamás podrá ser ianulado solo por el género de su emitente. La violencia hacia ellas ha ido desde un golpe, una relación sexual forzada o el usurpamiento de sus ideas artísticas y descubrimientos científicos, también lo ha sido encerrarlas en la cocina, cuestionar sus derechos y restringir su libertad en todo sentido. Eso tiene que terminar y los hombres tenemos una gran responsabilidad en ese sentido; no ser cómplices ni omisos es un inicio, pero aún falta un largo trayecto.
Violentar, humillar o callar no hace al agresor más macho, ser sexista con los hijos no los volverá grandes varones, mandar a las niñas a sus cocinitas no las prepará para ser “mujeres completas”; la violencia nace desde el hogar y la normalización del machismo no lo vuelve correcto. Cuando el hombre moderno reconozca el privilegio que ha habitado desde el nacimiento y busque combatirlo, habremos progresado y formado a verdaderas masculinidades. Ese el el trabajo que nos corresponde.