Mi relación con Michoacán comenzó a principios de los años ochenta. Viajé a Morelia y lo que recuerdo con particular asombro es la sólida y bella presencia de los arcos del acueducto, enormes muros de piedra, testigos silenciosos del paso del tiempo y de la historia. La ciudad apareció para darme la bienvenida entre calles y rincones, para llenarme los ojos.
En Semillas para un himno, Octavio Paz escribió, y cito unos versos:
“…una mañana parecida a un navío atado al horizonte,
O en Morelia, bajo los arcos rosados del antiguo acueducto,
Ni desdeñosa ni entregada, centelleas.”
Es la “Hermosura que vuelve”, en el poema de Paz.
Con la Casa de la Cultura, la sopa de médula, los ates, la charanda, el gazpacho y las corundas inició una relación de amor con la antigua Valladolid, pieza fundamental de identidad.
Vinieron los amigos michoacanos, las charlas interminables, las intensas y gozosas caminatas por los alrededores, los viajes a Pátzcuaro, Janitzio, a Santa Clara del Cobre.
Una noche moreliana salí a caminar por las calles alrededor de la Catedral. Una señora, amable, con mucho orgullo me dijo: “es la única Catedral del país orientada hacia el norte”, luego sonrió y se alejó.
Caminé hacia un cine muy cerca de ahí, el cine Colonial, ahora Teatro Mariano Matamoros, compré mi entrada y vi alguna película de los hermanos Almada, entre un público entusiasmado.
Todo cine es un templo en el que se ofician rituales colectivos que guardamos individualmente. Así era el cine del barrio de la infancia, en la colonia Clavería. Un cine “piojito”, como se les decía entonces. Daban tres películas por un peso: un paraíso con butacas de madera incomodísimas, con el piso lleno de cáscaras de pistache y de pepita.
El tiempo lo matiza todo, es maestro y tirano. Nos enseña que el cine descubre otros horizontes: la literatura, la música, la historia, la existencia oculta y a veces oscura tras la pantalla, las grietas y gozos que viven los personajes, el dolor y el placer, el sueño y la pesadilla. Es decir: el mundo completo, el universo y sus razones y sinrazones, la vida misma.
El cine, lo sabemos bien, está en los ojos de cada espectador que mira, que observa. La mirada es intransferible.
Por eso repetimos la ceremonia: nos formamos en la taquilla, compramos un boleto. Sueño y ensueño, verdad y mentira.
Escribir sobre las películas que vemos es extender la mirada, invitar al lector a observar de otra manera lo vivido. Es una extraña necesidad de echar un renovado vistazo a través de la memoria y la experiencia.
Por azares de la vida, un compañero de posibles e imposibles aventuras de toda índole, incluidas las cinematográficas, amigo de siempre, tendió uno de los muchos puentes que me ha abierto, generoso como es: Saúl Juárez hizo posible que iniciara la conversación con Sandra Aguilera, editora del suplemento cultural Jueves del diario La voz de Michoacán. A ambos debo el comienzo, hace más de dos años, de colaboraciones quincenales en el periódico. En ellas comparto celebraciones y efemérides del cine del mundo, particularmente del mexicano. Y abrimos un capítulo especial para las historias, crónicas, anécdotas, reflexiones y recuerdos sobre el cine en Michoacán, sobre los michoacanos en nuestro cine.
Sandra abrió la puerta para que el Gobierno del Estado coeditara las notas sobre Michoacán en forma de libro, que fue posible ilustrar con imágenes del archivo de la Filmoteca de la UNAM, otras más del propio periódico, del Festival de Música de Morelia “Miguel Bernal Jiménez” y del Festival internacional de Cine de Morelia.
Las notas que cada quince días se publicaron bajo el título de Nos vemos en el cine, son ahora el libro Michoacán en el cine. Episodios en la pantalla. Están ahí algunos de los rostros de actrices, actores, directores, escritores, que dieron luz al cine, las películas filmadas en el paisaje michoacano.
El cine ofrece esa posibilidad: reconocerse en la pantalla, mirarse en ese espejo, mentirle al tiempo para recorrerlo de nuevo; calles, momentos, fechas que ahí permanecen. Si los sueños, como escribió Paz, son esa “borrosa patria” que nos devuelve al pasado, a lo que ya no es pero que de alguna forma sobrevive, el cine es otra forma del sueño.
No recuerdo la primera película que vi siendo un niño. Sí recuerdo la primera sala cinematográfica que me impresionó. Era el Palacio Chino de la Ciudad de México. El señor de la butaca de enfrente no me dejaba ver la película, quizá de Cantinflas. Me quedé absorto observando la decoración, las paredes, el ornamento, las tenues luces rojas de los letreros que indicaban la ruta de salida. Vagué y me perdí en el ambiente de la sala con olor a palomitas, en la oscuridad.
Como dijo Ramón Gómez de la Serna: cada vez que se escucha en el sonido local que hay un niño extraviado, pienso que soy yo. La ruta de salida, del encuentro, siempre me lleva al cine.