Hablando del maíz, primero hay que ver la ruta del dinero. ¿Por qué? Porque una de las principales quejas de los manifestantes es que el precio de $5,300 pesos por tonelada, los está empobreciendo, mientras acusan a los industriales de la tortilla de vender el kilo a $27 pesos. Habría que revisar también a otros industriales del maíz y observar sus beneficios económicos.
Otro argumento señala que el gobierno importa maíz barato y transgénico de Estados Unidos. Bueno, habría que revisar eso también. Siguiendo la ruta del dinero, se dice que el bajo precio del maíz desanima la siembra. Además, se denuncia la falta de créditos, de subsidios y de seguros agrícolas. Sin embargo, no he visto a muchos manifestantes que conjuguen su “análisis” estableciendo la relación económica precisa entre más de tres de esos factores a la vez.
Tampoco he escuchado a ningún manifestante —ni a académico, ni investigador, ni funcionario— que explique la paridad económica entre el productor, el tortillero, la industria (Sabritas, por ejemplo) o, incluso, un tamalero o un taquero. Nadie ha explicado, en caso de que se otorgaran subsidios, seguros o créditos, a dónde se acumularía ese dinero y con qué parte de la cadena se quedaría. Porque si un subsidio, crédito o seguro pagado por el pueblo termina acumulándose en un sector ajeno al campo, entonces no sería bueno.
Claro que el gobierno debe invertir y ser el árbitro de la economía, y en el campo, desde luego, porque al gobierno le corresponde la política agrícola. Pero tampoco he escuchado un análisis que clarifique si el gobierno (el pueblo) debe, a ciegas y sin saber todo lo anterior, meter dinero para engordar a los de siempre.
Tampoco he oído hablar de una diferenciación de productores (una tipología) que sirva como base para una política gubernamental igualmente diferenciada.
Ni he escuchado propuestas analizadas que propongan una repartición equitativa de riesgos y beneficios compartidos, donde se distribuya de forma justa el beneficio económico que produce toda la cadena.
Lo que sí se escucha es la exigencia de que el pueblo pague, sin más ni más, la desorganización de los productores. Porque eso es lo más fácil y lo primero que se les ocurre. En lugar de prepararse y organizarse, muchos buscan configurar un “papá gobierno” que los arrope… y, si no, amenazan con levantarse en armas.
También he escuchado que el secretario e incluso la Presidenta están rebasados. Sí, pero no sólo ellos: los primeros rebasados son los propios productores, porque no tienen capacidad organizativa y entonces, pues, que “papá gobierno-pueblo” pague.
El gobierno, por su parte, actúa con irresponsabilidad al no contar con asesores capacitados que estudien a fondo el fenómeno. Cede y cae en chantajes político-electorales porque no tiene quien le proporcione elementos objetivos para establecer una política agrícola coherente. Las universidades tampoco saben bien de esto; estudian otras cosas. Son, en muchos casos, un adorno institucional: Chapingo, UNAM, ANUIES, Tecnológicos, CONAHCYT, etcétera.
Yo no pretendo defender al gobierno, ni siquiera al de la Cuarta Transformación, con el que simpatizo. Pero tampoco voy a defender a los productores más ricos —que, por cierto, son los que más exigen y amenazan, aunque ni campesinos parecen—. ¡NO, SEÑORES!: en este asunto del campo, cada quien debe asumir su responsabilidad.
Hay que exigirle al gobierno que haga su parte, desde luego, pero también a los productores —sobre todo a los más fuertes y equipados, con tierras, capital, maquinaria y un muy buen nivel de vida—, que son precisamente los que más se han manifestado. Que planteen cosas coherentes, que sean honestos, que no se contaminen de partidos políticos. Que no sólo inviertan en su modernidad tecnológica, sino que también se preparen a la altura del siglo XXI, que se eduquen.
Acordémonos de que no hace mucho se hizo un Fobaproa para “salvar” a unos pobres banqueros… con el dinero del pueblo. Claro que el campo debe ser bien atendido, pero con justicia, con bases, y teniendo como guía el bien común y el interés público de la nación, no los caprichos ni los intereses económicos o políticos de grupos oportunistas.
MUCHO OJO: en el campo hay que cuidar que no se reproduzca la pobreza en unos, pero tampoco que se reproduzca la riqueza en otros. Hay que trabajar para construir justicia y equidad.