Vivir cuatro años en Vancouver no estaba en mis planes, pero terminó siendo de las mejores decisiones que he tomado. Me fui con una maleta, muchas ganas y algo de miedo. Regresé con callos en las manos, amigos de obra y el pecho lleno de historias.
La obra: donde me gané cada dólar
Trabajé armando varilla. Para el que no sabe, es armar con acero el esqueleto de los edificios antes de que les echen el concreto. Sin eso, no hay edificio que se sostenga.
Entraba a las 7:00 am; casco, guantes, botas con casquillo y a darle. Ocho horas diarias a $18 CAD la hora. Y cuando había que cerrar colados o íbamos atrasados, le metíamos de dos a tres horas extra sin pensarlo. Lloviera, nevara o hiciera un frío que te calaba los huesos.
Al principio dolía todo. La espalda, las manos, el orgullo. Pero con el tiempo le agarras cariño. Hay algo bien cabrón en voltear meses después y ver un edificio de treinta pisos terminado y decir: “yo puse el acero de ahí”. Mis compas de la obra se volvieron familia. Nos reíamos del cansancio, compartíamos el termo de café y nos cuidábamos la espalda. Ahí aprendí que la palabra empeñada y llegar puntual valen más que mil currículums.
Vancouver cuando no traía el overol puesto
Si la obra era mi lunes a viernes, Vancouver era mi recompensa. En cuanto tenía tiempo libre agarraba la mochila y me perdía. No tenía mucho dinero, pero Vancouver no te cobra por lo mejor.
Los días de lluvia, al inicio los odiaba. Después entendí que caminar por el Seawall de Stanley Park con lluvia ligera y un café en la mano es terapia gratis.
Grouse Grind: La primera vez subí maldiciendo cada escalón. A la tercera ya era mi reto personal de fin de semana. Llegar arriba y ver toda la ciudad a tus pies te resetea el alma.
Granville Island: Iba solo a oler. No siempre compraba, pero el mercado, la música en vivo y ver el agua me recordaban por qué aguantaba la friega.
Whistler con los compas: Juntábamos para la gas y nos íbamos a ver nieve de verdad. Esos paisajes no te los quita nadie.
Lo que Vancouver me dejó adentro
Más allá de los dólares ahorrados, Vancouver me dejó esto:
Aguante: Si puedes amarrar varilla a -5°C con lluvia, puedes con lo que sea que te ponga la vida.
Humildad: Allá eres uno más. No importa tu título, importa si le chingas y si eres derecho.
Parar y ver: Aprendí que de nada sirve matarte trabajando si no sales a ver el atardecer en English Bay aunque sea 10 minutos.
Extraño el ruido de la grúa en la mañana, los “good morning, bud” de los canadienses y esa sensación de que, aunque el cuerpo estaba cansado, la vida estaba avanzando.
Vancouver me dio cuatro años de friega, paisajes y lecciones. Y si me preguntas, los volvería a vivir con los mismos guantes rotos.