Cuba siempre solidaria. Una emotiva experiencia

Era el año 2004. Con el paso de los meses mi problema de vista empeoraba y la oscuridad parecía acercarse sin remedio. En el ISSSTE, como para miles de mexicanos, esperar una operación era una carrera contra el tiempo y la burocracia. Entonces apareció una oportunidad que parecía increíble: viajar a Cuba para operarme gratuitamente, incluso con el boleto de avión incluido.

La propuesta me generó esperanza, pero también dudas. ¿Por qué un país ofrecería algo así? Cuando pregunté las razones, la respuesta no fue un discurso político, sino una explicación profundamente humana: se trataba de la solidaridad concreta entre Cuba, con su medicina, y Venezuela, con el apoyo logístico, para ayudar a miles de personas que habían quedado rezagadas por sus sistemas de salud. No era caridad, era justicia. Con esa convicción decidí inscribirme.

El viaje no lo hice solo. En mi grupo éramos 80 personas; alrededor de 70 no veían absolutamente nada. Yo aún conservaba parte de la vista, por lo que terminé ayudando a organizar al grupo. Nos tomábamos de la mano para avanzar en fila, lentamente, unidos por la esperanza. Éramos un pequeño reflejo de México: personas de varios municipios de Michoacán y muchas provenientes de la Ciudad de México, entonces Distrito Federal. Jóvenes y adultos compartíamos el mismo anhelo: volver a ver.

Al llegar a Cuba nos alojaron en Villa Tarará, un conjunto de residencias junto al mar. Era un lugar tranquilo, donde el sonido de las olas acompañaba nuestra espera. Muy cerca estaban los hospitales y las grandes carpas donde coincidían pacientes de varios países latinoamericanos. Todo funcionaba con una organización admirable: jóvenes cubanos nos guiaban en cada paso y equipos de enfermeras nos recibían con un trato cálido que disipaba cualquier temor.

El proceso fue meticuloso. Primero se realizaron diagnósticos y luego se organizaron nuevos grupos según el tipo de cirugía. Durante una o dos semanas se realizaron evaluaciones hasta que finalmente llegó el momento de las operaciones. Después de cada intervención, los mismos jóvenes nos acompañaban nuevamente a Tarará para la recuperación.

Y entonces ocurrió lo que para muchos parecía un milagro. Sentados frente al mar, uno a uno comenzaron a quitarse las vendas. No necesitábamos verlo para saber lo que pasaba: bastaba escuchar el grito que llenaba el aire: “¡Veo, veo, veo!”. Era el estallido de alegría de quien volvía a distinguir el cielo, las palmas y el mar. Los demás aplaudíamos con lágrimas en los ojos, celebrando cada logro como si fuera propio. Así, uno a uno, hasta que los 80 estuvimos listos para regresar. Habíamos llegado en la oscuridad y nos íbamos viendo nuevamente.

Esta experiencia formaba parte de la Misión Milagro, un programa de cooperación entre Cuba y Venezuela. Cuba aportó su conocimiento médico, tecnología y especialistas; Venezuela financió el traslado de pacientes desde distintos países. Gracias a este esfuerzo, miles de personas de escasos recursos de México y de otros países de América Latina recuperaron la vista.

Más allá de la cirugía, aquella experiencia mostró que la cooperación entre naciones puede basarse en la solidaridad y en el derecho universal a la salud. A mí no solo me devolvieron la vista; también me enseñaron que la generosidad puede cambiar vidas. Por eso mi gratitud hacia Cuba y Venezuela será siempre profunda, porque convirtieron una política de cooperación en algo muy simple y extraordinario: devolver la esperanza a quienes la habían perdido.

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