Intervencionismo perverso de USA y migración

En las últimos días y semanas, hemos visto cómo Estados Unidos endurece una vez más su política migratoria, con redadas, deportaciones exprés, detenciones masivas y un discurso oficial que sigue tratando a las personas migrantes como delincuentes.

Pero las duras políticas migratorias estadounidenses no son una reacción aislada a la “crisis en la frontera”, como la presentan sus líderes, sino parte de una estrategia sostenida para controlar los flujos humanos que sus propias decisiones económicas, geopolíticas y militares han provocado.

Desde los años ochenta hemos sido testigos del intervencionismo directo en Centroamérica, del respaldo a gobiernos autoritarios y de la imposición de políticas neoliberales a través de tratados desiguales y organismos internacionales.

A esto se suma la explotación económica estructural que Estados Unidos sostiene sobre los países del sur global. Con tratados como el T-MEC o acuerdos bilaterales disfrazados de cooperación, impone reglas que benefician a sus grandes corporaciones mientras precariza las economías locales. Millones de personas migran no solo por la violencia directa, sino por la violencia económica de un sistema que extrae trabajo, recursos y talento del sur sin ofrecer condiciones dignas a cambio. Se necesita decir con claridad: Estados Unidos se beneficia del trabajo de quienes criminaliza.

Lo que está en juego no son “migrantes ilegales”, como insiste en llamarles la derecha norteamericana. Lo que está en juego son millones de vidas expulsadas por un sistema que concentra riqueza en el norte mientras despoja al sur. Lo que está en juego son los cuerpos y las esperanzas de quienes caminan miles de kilómetros buscando refugio de la pobreza, la violencia o el abandono. Y la respuesta del Estado norteamericano es siempre la misma: muros, detenciones, militarización y violencia legalizada.

Creemos en la solidaridad entre pueblos, en la defensa de la dignidad humana y en que otro modelo es posible. Uno donde migrar no sea un crimen, y quedarse no sea una condena.

Porque el problema no está en los pies que caminan. El problema está en las manos que firman acuerdos de muerte y en los muros que nos dicen quién puede tener futuro y quién no.

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