Soberanía y crecimiento con bienestar ¿a través del TMEC?

A 32 años de la relación de libre comercio entre México, Estados y Canadá; y en la antesala de la revisión del llamado Tratado México-Estados Unidos-Canadá (T-MEC), se presentan dos desafíos principales para nuestro país y, de paso, para Michoacán, que se condensan en dos preguntas principales: cómo fortalecer nuestra soberanía en el marco de un tratado de libre comercio y cómo aprovechar el libre comercio para impulsar el crecimiento económico con bienestar. 

Más que tratar de responder este par de preguntas, es necesario un recuento de lo que fue este acuerdo, de lo que es hoy y de lo que sería mejor para nuestro país en el mediano y largo plazo, con la previsible continuidad de este mecanismo trilateral. 

Sobre su pasado, el antecedente del T-MEC es el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), negociado a inicios de los años 90. Por parte de México, los diálogos estuvieron a cargo de un grupo de funcionarios públicos y grandes empresarios, encabezados por el ex presidente Carlos Salinas de Gortari. Caracterizados por su ortodoxia neoliberal, contribuyeron al diseño de un modelo de libre flujo de capitales y de mercancías entre los tres países, sin un mecanismo de compensación de diferencias productivas y dejando que las fuerzas del “libre mercado” ajustaran los desequilibrios. 

Con la entrada en vigor del TLCAN, a partir del 1 de enero de 1994, los resultados fueron catastróficos para México. El campo registró una de sus crisis más profundas por la competencia desigual, y junto con los ajustes estructurales neoliberales, se propició la desvinculación de cadenas productivas y la pérdida de sectores importantes de la industria. Empresas textiles, farmacéuticas, plásticas, acereras, comerciales y financieras, entre otras, quebraron o se vendieron al capital extranjero; se precipitó el cierre de un sinnúmero de pequeñas y medianas empresas que antes surtían a la industria nacional, reemplazándolas por insumos baratos del extranjero. Por otro lado, el desarrollo industrial de punta en nuestro país para el mercado internacional, principalmente automotriz y de equipo de cómputo, así como la agricultura de exportación en fresco, se explican por la llegada masiva de Inversión Extranjera Directa (IED) y un mercado de trabajo precarizado.

En noviembre de 2018 se firmó el T-MEC para sustituir al TLCAN, a partir del 1 de julio de 2020. De las modificaciones realizadas, las más importantes fue el endurecimiento de las reglas sobre comercio trilateral, con la finalidad de acotar las cadenas de valor y evitar la dependencia de insumos o de productos finales provenientes de competidores fuera del tratado, principalmente de China.

Hoy, el T-MEC representa para México una relación trilateral de más de 700 mil millones de dólares anuales, a diferencia de los 100 mil millones que eran en 1994. La IED, desde 1994 a la fecha, suma más de 800 mil millones de dólares, con flujos anuales que se triplicaron en las últimas tres décadas; el 82% de las exportaciones tienen como destino los Estados Unidos y otro 3%, Canadá; y, más de 10 millones de empleos de la economía mexicana dependen del sector exportador, es decir, una cuarta parte del empleo asalariado. En el caso de Estados Unidos, de todas las importaciones que realiza cada año, el 15% las obtiene de México, el 11% de Canadá y el 9% de China, sus principales socios comerciales. 

Donald Trump hizo evidente la utilización de estas herramientas para fortalecer su posición geopolítica y visibilizó que la estrategia incluye exigencias de Seguridad Nacional. Por otro lado, la Presidenta Sheinbaum busca el fortalecimiento del mercado interno con una re-industrialización basada en la reconstrucción de las cadenas de valor, la transferencia tecnológica y la creación de empleos formales y bien remunerados, protegiendo a sectores estratégicos, como el energético, el minero y el alimentario. Sin duda, el futuro del T-MEC como palanca de desarrollo presenta mayor viabilidad desde la visión de la Cuarta Transformación.  

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